
28/7/11
Las jirafas de Conrad (fin)

13/7/11
Las jirafas de Conrad VII

3/7/11
Las jirafas de Conrad VI

Habían pasado unos meses, los suficientes como para empezar a despertar del sueño de mi aventura africana y darme de bruces con la puñetera realidad.
La reserva, si se podía llamar así, era un pequeño rincón en medio de la nada que Conrad intentaba mantener a flote con los pocos recursos que obtenía y financiándola con su propio dinero que, según me contó Elma, ya estaban llegando a su fin.
El y su esposa llegaron a África para trabajar en un proyecto de protección de animales en El Congo y mientras Elma estudiaba en Europa, ellos deambularon de una reserva a otra hasta que construyeron la suya propia en Huambo, justo cuando acababa de terminar la sangrienta guerra civil de Angola y se iniciaba su reconstrucción, tras haberse restablecido de nuevo el tráfico humanitario y comercial en la ciudad.
Tras atravesar aquellos tiempos difíciles y la pérdida, en un trágico accidente de avioneta, de su esposa, Conrad, se dedicó plenamente a llevar a cabo el sueño que durante años habían compartido: un lugar en donde atender a animales heridos o adoptar cachorros sin madre, aunque para ello tuviera que gastar todos sus ahorros. ¡Conmovedora historia!
Pero toda historia tiene su lado oscuro y pronto lo descubrí.
Alquilarme las jirafas para la película fue algo casual, al parecer las había llevado a Madrid para una toma publicitaria por la que había cobrado un pastonazo y cuando supo que yo las buscaba, le vino como anillo al dedo. Su secretaria, Rachel, era una sobrina suya que vivía en Madrid y que le proporcionaba contactos desde la agencia de publicidad en la que trabajaba.
Elma tuvo que dejar los estudios de biología en la Universidad de Munich y venirse a Angola para ayudar a su padre como veterinaria y guía turística. Eso me indignó ¡Maldito viejo egoísta!
Cuando le pregunté el por qué, me dijo que su padre estaba muy enfermo y le quedaba poco tiempo de vida, que ese poco tiempo quería pasarlo junto a él y apoyarle en su sueño.¿Y él sabe que estás aquí sólo por eso? No, él piensa que vine para quedarme. ¿Y después, qué harás después? ¿Reanudarás tus estudios o te quedarás aquí para seguir su estúpido sueño? ¡No es un estúpido sueño! me gritó enfadada y añadió: Además, todo depende de ti.
Y, de repente, todo lo vi con claridad y, ya fuera de mis casillas, le dije gritando: ¡Así que todo ha sido una trampa! Tu padre me trajo aquí para que me quedara contigo, para sustituirle tras su muerte y asegurarse de que la reserva sigue adelante y de que tú te quedes aquí. ¡Eso no es cierto! exclamó. ¡Anda, venga, Elma! a estas alturas ya conozco bien la mentalidad de tu padre y el “tenerlo todo controlado” ¿no te das cuenta?, lo ha planeado todo desde el principio.
Elma se echó a llorar y entre gimidillos me dijo: Todo no, Toni… yo te quiero… y eso, eso no se programa de antemano… eso es auténtico.
Perdóname, Elma, es verdad, el amor es verdadero. Le dije eso para tranquilizarla mientras la estrechaba entre mis brazos, pero yo no estaba tan seguro de que un enamoramiento bajo el rojo atardecer africano, no pudiera predecirse.
20/6/11
Las jirafas de Conrad V

8/6/11
Las jirafas de Conrad IV

Elma no tardó en aparecer a la mesa de la terraza. No me sorprendió que fuera el vivo retrato de su padre, una joven alta con ojos muy claros, de aspecto frágil pero fuerte. Llevaba el cabello rubio recogido en una coleta de caballo, y me saludó con un apretón de manos y una bonita sonrisa. Verla desayunar, devorándolo todo como una niña pequeña y glotona, me tranquilizó ¡al menos ella no sería tan rematadamente eficiente como Conrad!
La Reserva era en realidad un pequeño conjunto agrupado de cuatro estancias en hilera, tres viviendas y un laboratorio, alzadas sobre maderas del terreno árido y polvoriento, formando un porche y bajo un tejado común. Más allá se encontraba otra dependencia, algo más grande, lugar que se utilizaba de almacén, en donde Màrio, el chico que me trajo en jeep, ya se encontraba preparando los sacos de hierbas y unas cubetas con trozos de carne ensangrentada que las moscas apenas dejaban al descubierto.
Me gustaría ver a mis amigas de cuello alto, le dije a Elma. Ella, mostrándome el dossier que llevaba consigo y erróneamente a lo que yo había pensado ¡por Dios, era como Conrad, eficiente hasta la médula!, me contestó: No, Toni, primero hemos de atender a los que tenemos que hacer las curas, las jirafas están bien, ya las veremos para el final.
Era un trabajo duro, pero ella lo ejecutaba con la misma precisión alemana que lo haría su padre, rápida y eficientemente. Todo controlado, iba diciendo, cuando después de entrar en la jaula de los tigres, acariciarlos, llenarles los recipientes de agua y mirar la pata de uno de ellos que al parecer tenía lastimada. Le daremos una última inyección a las 16 horas y con esto ya será suficiente, le dijo a Màrio, que nos acompañaba. Anótalo en la ficha, Toni, me dijo, alargándome el dossier. ¡Caray con la carita de niña, cómo mandaba!, menos mal que la tarea era sencilla que si no, y la ficha de datos, si no fuera porque era fotocopia de fotocopia de un original hecho a mano, era para enmarcarla. ¡Todo controlado!, le respondí sonriente.
Dentro de aquella bióloga y veterinaria metódica, se escondía una joven de gran corazón y sensibilidad. Sus ojos azules reflejaban el amor que sentía por aquella tierra, por los seres que la habitaban y ponía sus conocimientos y todo su tesón a su servicio.
¡Esa no es mi jirafa! ¿no estará en peligro con esos dos ciervos a su lado? grité al ver una jirafa cerca de dos grandes ciervos musculosos y con unos cuernos afilados. Ella se echó a reir ¡Jajaja, no son ciervos, son alces!! y la jirafa es un bebé que recogí ayer, las tuyas están más atrás. ¿Un alce, y eso qué es?. Ya te lo contaré durante la cena, me dijo, aún tenemos que ver a un avestruz que tiene muy mal genio.
¡Y ya estaba mandando!
29/5/11
Las jirafas de Conrad III

Me alegré de haber aceptado hacer aquel viaje porque fue el más fantástico e increíble de mi vida.
Todo salió a pedir de boca exceptuando mi vestuario, con el que hice el mayor de los ridículos. Unos vaqueros y una camiseta habrían evitado las risas, más de los blancos que de los indígenas, que resultaron ser unos auténticos pasotas que se limitaban a sonreírme mostrando sus blanquísimos dientes. Tanto cine, tanto cine, al final tiene eso, que uno acaba por creer que en África los blancos van de blanco y con sombrero a lo Indiana Jones. ¡Menuda idiotez! Me deshice de él a la primera oportunidad, pero seguí llevando camisa blanca y los pantalones multibolsillos.
El traslado al aeropuerto, el viaje en avión y los posteriores traslados hasta el ferrocarril, en un entramado de combinaciones logísticas y visados, debido al paquete viviente que llevaba y que debía cuidar, desde Madrid hasta Huambo, pasando por el Congo, resultó tal y como Conrad me lo había descrito y con tal precisión que casi me parecía imposible. Llegué a Huambo sin contratiempos y en la fecha prevista.
Las jirafas se habían mostrado inquietas en algún momento, especialmente en los traslados durante los cuales debía tranquilizarlas con unas palmaditas cariñosas, pero en general estaban bien y se habían portado como unas campeonas.
Sin embargo, en cada una de las etapas del viaje fui sufriendo extrañas transformaciones y no solamente por el hecho de haberme deshecho del sombrero, sino más bien por el influjo que África me produjo. Me lo habían contado ¡África es fascinante! pero no es lo mismo que te lo cuenten como experimentarlo en primera persona. Así como en las largas horas de vuelo leí, dormí y comí, aunque no en ese orden ni al mismo tiempo, el contacto con tierra africana despertó mi curiosidad sobre su gente, sus pueblos y especialmente su paisaje cuya belleza no dejaba de asombrarme y al mismo tiempo me producía una paz inmensa difícil de describir.
El viaje en tren, ya adentrándose en tierras angoleñas, fue el que más se quedó grabado en mis retinas por la calidez del color, el calor, el lento transcurrir del tiempo, todo impregnaba y uno se dejaba atrapar. Ahora desolado desierto, ahora una cadena montañosa y luego la salvaje y siempre misteriosa sabana con sus acacias solitarias, todo dejaba intuir el transcurso de la vida en su estado más primitivo.
Escuchar Feirnandes en portugués y por un africano alto y fuerte, que llevaba una camiseta roja con un slogan comercial, me hizo sonreir, absorto como estaba intentando asimilar que Huambo no era el poblado indígena con chozas de caña, guerreros con lanzas y mujeres con los pechos al descubierto que yo había imaginado. Era una población moderna con calles, edificios, parque, hoteles y bares como podría ser cualquier población y como correspondería a la segunda capital del país, que es lo que era, una ciudad tranquila que se llamó Nova Lisboa en tiempos de dominio portugués y que disponía incluso de aeropuerto.
Suba al jeep, senior Feirnandes fue lo que dijo mientras me cogía la bolsa y la colocaba en la parte de atrás del todoterreno que había delante del camión, en el que acabábamos de embarcar a las dos jirafas. ¿A dónde vamos? A la Reserva, fue la respuesta. ¿Y eso queda muy lejos?, pero él, en lugar de decirme los kilómetros o las horas, me contestó: tiempo a cerveja, debió de ver el extraño gesto que le hice, porque añadió : tiempo a Ngola.
Descubrí lo que había querido decir cuando, después de los saludos y la entrega de las jirafas, ya casi de noche, Conrad me ofreció una jarra de cerveza. ¡Ahhh, riquísima! exclamé al primer sorbo. Sentados en el porche de la Reserva, bajo las estrellas y satisfecho como estaba por haberle llevado las jirafas hasta allí, Conrad me explicó que esa cerveza se llamaba Ngola y era de fabricación angoleña mediante avanzada tecnología alemana y elaborada con agua de unos manantiales cercanos a Lubango.
Me sentía feliz, no sé si por la Ngola fría, por el brillo de las estrellas o porque las jirafas de Conrad ya estaban en su hogar, el caso es que me dio por reir. Conrad me miró y dijo : Ferdnandes creo que el calor le ha afectado ¿cómo es que no se ha comprado un sombrero?
Continuará...
* Leer los capítulos anteriores (I) y (II)
17/5/11
Las jirafas de Conrad II

Me contó, muy a su manera, una historia increíble sobre que había ido a Nueva Zelanda a buscar una especie rara de animal, y aquí ya me perdí porque el nombrecito que soltó a mi me sonó a chino, que le había costado muchísimo encontrarla y por eso había tenido que quedarse más tiempo de lo previsto.
¿Y las jirafas? Le insistí. No estaba nada preocupado por las jirafas, me dijo, confiaba en que yo habría resuelto el problema ¡pero qué morro tenía! Añadió que lamentaba lo ocurrido, pero no mencionó nada sobre abonarme el dinero que me estaba costando a mí ese “implaneado” suyo.
Y entonces vino el bombazo…
Amigou Ferdnandes, dijo, tiene que hacertme un favor. ¡Era el colmo! Ese tipo no tenía límites, no habíamos resuelto el problema y ya me estaba pidiendo un favor ¡a que no me paga! pensé.
¿Ein? solté. Ahora era yo el que no entendía, pero Conrad, al otro lado del teléfono, me lo propuso como si fuera la cosa más natural del mundo ¿podía llevarle las jirafas a Huambo? ¿Y dónde está eso? me pregunté a mí mismo mientras casi me caigo de la silla en donde estaba sentado. ¡La madre que lo … ! si Conrad hubiera estado a mi lado me lo como con patatas.
Pero él seguía hablando y me lo iba poniendo cada vez más fácil. Huambo es una ciudad de Angola, cerca del Congo, con una red ferroviaria que lleva hasta allí. El viaje era sencillo, me explicó, se tomaba un avión hasta el Congo, luego el tren hasta Huambo y allí él me estaría esperando para hacerse cargo de las jirafas. Su secretaria Rachel se ocuparía de todos los trámites y del pago completo, yo tan sólo debía acompañar a las jirafas en el viaje, con ello le ahorraba el tener que venir a Europa a recogerlas.
Bueno, bien pensado, un viajecito gratis a Africa no estaba tan mal, así que me convenció y acepté ¡realmente ese tipo era muy especial!
Conrad volvió a asombrarme con su eficiencia y eso me hacía pensar que yo debía actuar también con la misma celeridad, porque esa misma tarde recibí un sobre certificado con el billete de avión, en donde se incluía la facturación de mis dos amiguitas de cuello largo, otro tanto para el tren angoleño, un recibo del pago de un camión para recoger a los animalitos y 2000 euros en efectivo con una notita que decía : para alimentación de jirafas. Así, sin más. Ya empezaba a caerme bien ese hombre.
Mis dos amigas las jirafas al parecer se habían acostumbrado a vivir en el zoo, pues tenían muy buen aspecto. Las visitaba regularmente y siempre se mostraban muy cariñosas. Se había entablado una curiosa amistad entre ellas, yo y mi amigo Manolo, que por cierto aún no me había contado como se las arreglaba para que estuvieran allí. Manolo quedó estupefacto cuando le dije que me las llevaba a Africa yo mismo ¿tú estás loco o qué? fue lo primero que me soltó mientras se llevaba las manos a la cabeza. Cuando supo toda la historia se quedó muy serio, demasiado diría yo y no sé si era porque no la había entendido o porque no quería desprenderse de aquellos tiernos animalitos, el caso es que dijo ¡yo no lo haría!
Pero yo sí, le contesté. Y así fue.
11/4/11
Las jirafas de Conrad

Hoy no, Fernández, mañana haremos la toma de las jirafas ¡y llévelas de aquí, por Dios, huelen que apestan!. Eso me dijo el primer día y algo parecido al siguiente y lo malo es que los animalitos ya se habían acabado casi todas las reservas, habían puesto el almacén lleno de heces y empezaban a ponerse nerviosas.
¿Parques y Jardines?, oiga ¿no tendrán por ahí algunos kilitos de restos de poda?, es que tengo unos animalillos que alimentar y necesitaría hojas ... ¡casi nada, una vagatela! unos 300 kilos poco más o menos ... Oiga, que no, que no estoy de cachondeo (aquí les suelto toda la historia) ... que no tienen tantos kilos, bueno, con los que tengan me las arreglaré.
Por fin, el último día, el jefe se dignó rodar la toma de las jirafas y ahí que fuimos Manolo y yo todo el día con ellas por el plató, arriba y abajo, siguiendo sus órdenes. Ahora colocalas aquí, ahora allá, que se muevan, que no caminen hacia la cámara, que no agachen el cuello, que no molesten a la actriz que está muerta de pánico, pónlas en ese rincón que paramos para almorzar. Parece que no tienen muy buen aspecto, dijo el gracioso del cámara a lo que contesté ¡y qué aspecto tendrías tú, amigo, si te encerraran cuatro días en un almacén lleno de mierda!. Después de una jornada agotadora, de horas y horas, el jefe dice aquello de toma válida y ya nos ponemos marchar. Y todo para los escasos 12 minutos que aparecen en la película.
El señor Conrad no está, salió hace dos días a Nueva Zelanda y no vuelve hasta el jueves. La habría matado, pero la chica no tenía ninguna culpa ¡maldito Conrad! ¿y ahora que hago yo tres días más con las jirafas?, el del almacén quiere cobrar más dinero y que se lo deje todo como una patena y los animalitos están muertos de hambre otra vez. El jefe dice que no paga más días de alquiler del almacén y que me deshaga de las jirafas y a mi me da que el mister Conrad no vuelve hasta que no haya capturado canguros o vete a saber qué.
Manolo ¿no tendrás un hueco en el zoo para un par de jirafas?, venga hombre, que sólo serán dos días como mucho... te recuerdo que aún me debes el favor del chimpancé ... vale, nos vemos allí.
Aquella noche, me las encontré con los cuellos enlazados haciéndose mimos la una a la otra. Me conmovió su ternura, así que fui a buscar la cámara de fotos al coche y monté el trípode. Cuando Manolo llegó, me encontró haciéndoles una foto de recuerdo. ¡Qué hermosos animales! dije y ellas me sonrieron.