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28/7/11

Las jirafas de Conrad (fin)




Después de aquella conversación, estuve varios días preguntándome a mí mismo cual era mi lugar exactamente y más que eso, que es lo que quería exactamente, porque hasta entonces me había limitado a ir deambulando de trabajo en trabajo, de casa en casa, malviviendo, anclado en mi ciudad natal en la que, sin embargo, apenas tenía unos cuantos amigos y lamentándome de no tener oportunidades para hacer algo mejor con mi vida.

Fui a Huambo con Màrio, aprovechando que iba a hacer la compra de víveres, para llamar a Manolo, el único amigo con el que mantenía contacto desde que mi móvil dejó de funcionar, para decirle que me volvía a Madrid. ¡El tío debía ser vidente o algo así!, porque su insistencia en saber si las jirafas estaban bien y mi propia respuesta, me dieron la clave y confirmaba mi teoría de que cada uno está donde debe de estar.

Mis amigas de cuello largo, como me gustaba llamarlas, estaban sanas, bien alimentadas, contentas, cariñosas y envidiablemente felices. ¿A qué venía entonces mi obsesión con verlas fuera de allí? Para ellas vivir en la reserva era vivir en su hogar, era lo único que conocían, si exceptuamos los viajecitos que habían hecho, y era a lo único que podían aspirar. La selva era tan desconocida para ellas como para mí, con la diferencia de que yo sí podía elegir.

Me vuelvo a Madrid, Elma, necesito pensar. Me costó soltarle esta frase, así a lo bruto, pero no encontré una forma más suave y, porque ¡qué porras, yo soy así! Y, tal y como imaginaba, se echó a llorar, haciéndome pedazos. Le dije que necesitaba un tiempo, que tenía que aclarar mis ideas y un largo etcétera, pero ella pensaba que no volvería nunca más, que lo nuestro había llegado a su fin y sin ningún reproche, sin mediar palabra, se abrazó a mí mientras no dejaba de llorar.

Detesto las despedidas y aquella se presentaba de lo más dramática, así que me despedí de todos la noche anterior y al alba me dirigí al descampado en donde me esperaba la avioneta que me llevaría al aeropuerto. Preferí esa opción antes que hacer un largo viaje en jeep y luego en tren volviendo a revivir el hermoso paisaje que me llevó hasta allí, que se tarda más en volver cuando va triste el corazón. Màrio fue el único que me acompañó ¡y lo que me costó decirle adiós a mi buen amigo!, de modo que cuando tomé asiento en la avioneta sentí un ligero alivio en mi interior, ese que se siente cuando te desprendes de algo que te hace daño. Porque dejar a Elma me hacía daño y fue entonces cuando me di cuenta de que la amaba con todas mis fuerzas.

De pronto, al mirar por la ventanilla, vi a una de las jirafas que me miraba con tristeza. ¡Era Decon! el macho, a Rad seguramente no le llegaba el cuello ¡qué alegría me dieron!. ¡Para el motor, para el motor! le grité al piloto, bajo un momento, Wath? Five minuts! le dije y me quedé para siempre.



Epílogo:

Ahora vivo en Huambo, en la reserva de los Conrad, y soy muy feliz. El viejo quiere que la llamemos Ferdnandes, ahora que somos familia, pero yo le he dicho que queda muy feo, que ese nombre no atrae a los clientes ¿quién va a creer que hay un expedicionario madrileño en Angola? y nos reímos juntos.

Mi amigo Manolo se quedó en el paro y se vino de Madrid con la mujer y los niños. Se ha hecho muy amigo de Màrio y se pasan las noches tomando ngola mientras se cuentan historias.

Elma está en el sexto mes de su segundo embarazo y cada día más guapa. Mi hijo, que tiene siete años, ayer me preguntó ¿Por qué tienes esas fotos de jirafas en la pared, papi? sonriendo le contesté : Son Decon y Rad, las jirafas del abuelo.




13/7/11

Las jirafas de Conrad VII




Dejé a Elma dormida y me dirigí a la terraza para hablar con Conrad, maldiciéndolo entre dientes por el camino.

Lo encontré medio dormido sentado en su viejo y raído sillón de mimbre y empezando por ¡Es usted un viejo egoísta y manipulador! hasta acabar por ¿Acaso cree que soy un imbécil? ¿Cree que puede tratarme como a esas pobres jirafas, que no las deja en libertad y las utiliza para sus fines?, le vomité toda la mierda que llevaba dentro.

Me miraba, con aquellos ojos azules tan claros, sonriendo. Cuando acabé, él empezó diciendo: Déjame que te diga algo, Toni, creo que estás confundiendo las cosas. Primero no eres ningún imbécil, eres un hombre cabal con recursos personales extraordinarios para desenvolverte en situaciones complejas y por eso, no lo niego, cuando te conocí me pareciste el hombre adecuado para llevar esto y ya ves que no me he equivocado ¡tú mismo te descubriste inventando historias en el primer safari!.

Desde luego que me acordaba de aquel safari. Iba a decir algo, pero me hizo un gesto para que no lo hiciera.

¿Si te hubiera preguntado que me trajeras las jirafas para quedarte a llevar una reserva en el corazón de África, habrías aceptado?, no, no hace falta que respondas, la respuesta es que no, habrías dicho ¡este tío está loco!, me hizo sonreir, pero guardé silencio y Conrad prosiguió: Eso es en lo único en lo que he podido engañarte, porque esa era la única manera de poder hacerte la propuesta, una vez estuvieras aquí, conociéndolo todo y viviéndolo. No te he ocultado lo que significa para mí, ni el trabajo que supone, ni los problemas económicos que tenemos para seguir manteniéndola.

¿Y qué me dice de Elma?, pregunté. ¡Por favor!, ella vino hace dos años porque quiso, cuando me quedé sin veterinario, y si entre vosotros ha surgido algo, no tengo nada que ver en eso. ¿Me está diciendo que no contaba con eso? cuando le formulé esa pregunta arrugó su frente con una expresión de enojo y me respondió: ¿De veras piensas que puedo llegar a ser tan perverso? ¿Es ese el concepto que tienes de mí?
Me pareció sincero y tremendamente triste, pero aún así siguió hablando: ¿Te contó lo de mi enfermedad, verdad? Me fatigo mucho y entre tanto viaje y tanto safari, aún más. Elma ama a los animales, como yo y como los amaba su madre, pero tiene una vida por delante que sólo ella debe decidir y así se lo he hecho saber, lo mismo que te digo a ti ahora, sólo tú debes decidir tu futuro.

¿Y esas pobres jirafas? ¿Qué hacen aquí todavía, por qué no están en libertad?
Las jirafas las trajimos junto con su madre herida gravemente y se quedaron huérfanas. Al principio las teníamos aquí hasta que pudieran valerse por sí mismas, como hacemos con casi todos los cachorros, pero se me presentó una oportunidad única, llevarlas a una representación en Londres ¡eran tiempos difíciles y saqué bastante dinero con eso! De Londres a Roma, a Venecia, a San Petersburgo, etc.etc. eran simpáticas, muy dóciles y resultaban rentables. Ahora ya son demasiado mayores para llevarlas a la selva, cualquier manada las rechazaría y acabarían siendo presa fácil para los depredadores, se han domesticado demasiado ¡no sabes lo que me apena! pero la vida, a veces, no te da muchas opciones.

Mira, Toni, he viajado mucho por todo el mundo y este es mi lugar, es donde me siento a gusto y donde he encontrado la paz, conmigo mismo y con el mundo que me rodea, aunque a algunos les parezca un lugar con cuatro chozas y animales en medio de África. Cada uno debe de buscar su lugar.

¿Y tú, Toni, ya sabes cual es el tuyo?


3/7/11

Las jirafas de Conrad VI



¿Cómo están mis niñas? me preguntó Manolo por teléfono, refiriéndose a las jirafas.
A pesar de que le contestara que estaban más contentas que unas pascuas, esa pregunta, apenas un comentario al principio de la conversación, fue la que me hizo permanecer despierto toda la noche sobre algo que ya me rondaba la cabeza.

Habían pasado unos meses, los suficientes como para empezar a despertar del sueño de mi aventura africana y darme de bruces con la puñetera realidad.

La reserva, si se podía llamar así, era un pequeño rincón en medio de la nada que Conrad intentaba mantener a flote con los pocos recursos que obtenía y financiándola con su propio dinero que, según me contó Elma, ya estaban llegando a su fin.

El y su esposa llegaron a África para trabajar en un proyecto de protección de animales en El Congo y mientras Elma estudiaba en Europa, ellos deambularon de una reserva a otra hasta que construyeron la suya propia en Huambo, justo cuando acababa de terminar la sangrienta guerra civil de Angola y se iniciaba su reconstrucción, tras haberse restablecido de nuevo el tráfico humanitario y comercial en la ciudad.

Más que una reserva de animales africanos, era un improvisado hospital de civiles heridos en los enfrentamientos de un segundo brote de guerra, entre el gobierno y el grupo independentista UNITA*, que intentaban llegar a Huambo desde las zonas rurales del país, en busca de cobijo y alimentos.

Tras atravesar aquellos tiempos difíciles y la pérdida, en un trágico accidente de avioneta, de su esposa, Conrad, se dedicó plenamente a llevar a cabo el sueño que durante años habían compartido: un lugar en donde atender a animales heridos o adoptar cachorros sin madre, aunque para ello tuviera que gastar todos sus ahorros. ¡Conmovedora historia!

Pero toda historia tiene su lado oscuro y pronto lo descubrí.

Alquilarme las jirafas para la película fue algo casual, al parecer las había llevado a Madrid para una toma publicitaria por la que había cobrado un pastonazo y cuando supo que yo las buscaba, le vino como anillo al dedo. Su secretaria, Rachel, era una sobrina suya que vivía en Madrid y que le proporcionaba contactos desde la agencia de publicidad en la que trabajaba.
Conrad subsistía con este tipo de trabajos y los safaris que organizaba para turistas, les pagaba muy poco a los empleados y gastaba los recursos económicos mayoritariamente en comida y medicina para los animales.

Elma tuvo que dejar los estudios de biología en la Universidad de Munich y venirse a Angola para ayudar a su padre como veterinaria y guía turística. Eso me indignó ¡Maldito viejo egoísta!

Cuando le pregunté el por qué, me dijo que su padre estaba muy enfermo y le quedaba poco tiempo de vida, que ese poco tiempo quería pasarlo junto a él y apoyarle en su sueño.¿Y él sabe que estás aquí sólo por eso? No, él piensa que vine para quedarme. ¿Y después, qué harás después? ¿Reanudarás tus estudios o te quedarás aquí para seguir su estúpido sueño? ¡No es un estúpido sueño! me gritó enfadada y añadió: Además, todo depende de ti.

Y, de repente, todo lo vi con claridad y, ya fuera de mis casillas, le dije gritando: ¡Así que todo ha sido una trampa! Tu padre me trajo aquí para que me quedara contigo, para sustituirle tras su muerte y asegurarse de que la reserva sigue adelante y de que tú te quedes aquí. ¡Eso no es cierto! exclamó. ¡Anda, venga, Elma! a estas alturas ya conozco bien la mentalidad de tu padre y el “tenerlo todo controlado” ¿no te das cuenta?, lo ha planeado todo desde el principio.

Elma se echó a llorar y entre gimidillos me dijo: Todo no, Toni… yo te quiero… y eso, eso no se programa de antemano… eso es auténtico.

Perdóname, Elma, es verdad, el amor es verdadero. Le dije eso para tranquilizarla mientras la estrechaba entre mis brazos, pero yo no estaba tan seguro de que un enamoramiento bajo el rojo atardecer africano, no pudiera predecirse.


Continuará ...




* Unión Nacional para la Independencia Total de Angola

20/6/11

Las jirafas de Conrad V

Foto: Kunene river de imágenes de Google




Cuanto más lo pensaba, más me entusiasmaba la idea que Conrad y Elma me propusieron. Participar en un safari podría ser una aventura extraordinaria y, de todos modos, nadie me esperaba en Madrid, así que si no volvía en unos días, nadie me iba a echar en falta, ni siquiera aquel mediocre director de cine, que aún estaría con los últimos ajustes de su película y no le llamaría hasta la próxima, si es que lo llamaba.


Los preparativos se hicieron el día anterior y al amanecer ya estábamos todos en pie, listos para ir a una explanada cercana con el jeep, en donde recogeríamos a un matrimonio danés que llegaban en avioneta. Màrio, con el que me había hecho amigo en los escasos días que llevaba allí, comentó que su presencia en el safari daría confianza a los daneses, que se aturden mucho si no ven muchos blancos con los que dialogar y muchos africanos para darle un aire pintoresco al safari. ¡Jolín, qué bien lo organizaban los Conrad!. A Màrio le hacían gracia mis comentarios y a mí despertarle la picaresca que escondía tras sus ojos negros y brillantes.


¡Ponte el sombrero, Toni!, me dijo Elma giñándome un ojo, ahora que ya sabía la historia, la misma que se había convertido en motivo de risas entre Màrio, ella y yo. A sus órdenes, fue mi respuesta y me senté a su lado en uno de los tres jeeps que formaban en convoy.


El matrimonio danés era tan novato en eso de hacer safaris como yo, pero la diferencia era que yo debía disimularlo, algo que no dejaba de tener su miga, sobre todo cuando hacían alguna pregunta y se dirigían a mí, en lugar de dirigirse a Elma que era la que conducía el jeep. Conrad prefirió que nosotros lleváramos a los turistas, que éramos más jóvenes, mientras él y Màrio iban en el siguiente jeep, el tercero lo ocupaban Fernando y Antonio, dos empleados de la Reserva, junto con el material necesario para poder acampar por la noche durante la semana que iba a durar la aventura.


Nos dirigimos hacia el sur, por una extensa sabana, hasta llegar al Parque Nacional de Iona, que tiene unos 15.000 m/2 entre dunas cercanas al mar, sabana, llanuras vegetales y las montañas de Tchamalinde. Allí pudimos admirar animales tan increíbles como el antílope gigante del sable, el kudus que es otro antílope, elefantes, jaguars, hienas, el guelengue que es una gacela-antílope de patas blancas y lomo con una línea marrón y el conocido rinoceronte negro africano. Sobre este último, aproveché los escasos conocimientos y las explicaciones de Elma, para contarles a los daneses una fantástica historia, en la primera acampada bajo las estrellas, con la que quedaron muy impresionados. Ellos y los Conrad, porque padre e hija me miraban estupefactos durante todo el relato y eso, para mí, fue lo más divertido. ¿Acaso no se acordaban que venía del mundo del cine?


En los sucesivos días, nos adentramos en la Reserva de Namibe, un poco más al norte y de vegetación más abundante, allí vimos una gran cantidad de cebras que corrían cerca de los jeeps, casi a nuestra velocidad. Llegamos hasta la costa atlántica a darnos un baño en Praia Azul al atardecer. Visitamos las boscosas zonas de Bicuar en donde vimos al gran búfalo negro. Pasamos de nuevo por una seca sabana, la de Mupa, en donde están la mayoría de jirafas de la zona ¡ay, mis jirafas, cuánto me acordaba de ellas!, también por la Reserva parcial de Mavinga, larga llanura con el río Kwvando y por último fuimos remontando el río Kunene o Cunene, viendo los árboles baobad a nuestro paso, hasta volver a Huambo y dar por acabado el safari.


La última noche que pasamos a orillas del río Kunene, Elma y yo fuimos a bañamos. Ella, con esa naturalidad con la que lo hacía todo, se quitó la ropa y se metió en el agua. La seguí hasta que llegué a abrazar su cuerpo desnudo. Nos besamos, dejándonos llevar por nuestro deseo en medio de aquella tierra tan salvaje como natural y de esa misma forma nos amamos.


Me atrapó, en orden inverso, ella, África y las dos jirafas.

Continuará...




8/6/11

Las jirafas de Conrad IV



A la mañana siguiente, durante el desayuno, Conrad me dijo que si podía ayudar a su hija Elma en las tareas de reconocimiento de los animales de la reserva. ¡Vaya con el alemán, no había hecho más que llegar y ya me ponía a trabajar!.
No me enfadé, más bien al contrario, estaba interesado o podría decir, para ser exactos, que sentía curiosidad en conocer aquello más de cerca y hacerlo acompañado de una fémina era más de lo que podía desear.

Elma no tardó en aparecer a la mesa de la terraza. No me sorprendió que fuera el vivo retrato de su padre, una joven alta con ojos muy claros, de aspecto frágil pero fuerte. Llevaba el cabello rubio recogido en una coleta de caballo, y me saludó con un apretón de manos y una bonita sonrisa. Verla desayunar, devorándolo todo como una niña pequeña y glotona, me tranquilizó ¡al menos ella no sería tan rematadamente eficiente como Conrad!


La Reserva era en realidad un pequeño conjunto agrupado de cuatro estancias en hilera, tres viviendas y un laboratorio, alzadas sobre maderas del terreno árido y polvoriento, formando un porche y bajo un tejado común. Más allá se encontraba otra dependencia, algo más grande, lugar que se utilizaba de almacén, en donde Màrio, el chico que me trajo en jeep, ya se encontraba preparando los sacos de hierbas y unas cubetas con trozos de carne ensangrentada que las moscas apenas dejaban al descubierto.
El resto, era poco más, jaulas y espacios vallados, algunas juntos y otros separados entre sí, supongo que para evitar enfrentamientos entre los distintos animales que las ocupaban. La mayoría de las jaulas se encontraban vacías, mientras que los cercados estaban casi todos ocupados y también podían verse algunos animales sueltos por el recinto.


Me gustaría ver a mis amigas de cuello alto, le dije a Elma. Ella, mostrándome el dossier que llevaba consigo y erróneamente a lo que yo había pensado ¡por Dios, era como Conrad, eficiente hasta la médula!, me contestó: No, Toni, primero hemos de atender a los que tenemos que hacer las curas, las jirafas están bien, ya las veremos para el final.
Lo único que me hizo feliz es que no me llamó Fernández con ningún acento estrafalario.


Era un trabajo duro, pero ella lo ejecutaba con la misma precisión alemana que lo haría su padre, rápida y eficientemente. Todo controlado, iba diciendo, cuando después de entrar en la jaula de los tigres, acariciarlos, llenarles los recipientes de agua y mirar la pata de uno de ellos que al parecer tenía lastimada. Le daremos una última inyección a las 16 horas y con esto ya será suficiente, le dijo a Màrio, que nos acompañaba. Anótalo en la ficha, Toni, me dijo, alargándome el dossier. ¡Caray con la carita de niña, cómo mandaba!, menos mal que la tarea era sencilla que si no, y la ficha de datos, si no fuera porque era fotocopia de fotocopia de un original hecho a mano, era para enmarcarla. ¡Todo controlado!, le respondí sonriente.


Después del tigre, vino el rinoceronte negro. Es más pequeño que el blanco y tiene el labio inferior en forma de pico, me comentaba Elma mientras nos acercábamos a su jaula como si yo entendiera mucho de rinocerontes. ¿Más pequeño? ¡pero si era enorme, debía pesar una tonelada!. Para hacerme el gracioso, le pregunté. Exactamente 1.300 kilos ¡tienes buen ojo!. Intenté contener la risa y seguir escuchándola. Cuando lo encontramos apenas pesaba una tonelada, estaba muy débil porque había perdido mucha sangre a causa del disparo de unos cazadores furtivos; es joven, ahora se está recuperando y pronto volverá a la sabana.
¿No está prohibida la caza por aquí?. Sí, me contestó, y más esta especie que está seriamente amenazada. El rinoceronte negro africano fue presa de cazadores y exploradores durante años ¡un lindo trofeo que exhibir a la vuelta del safari! exclamó enfadada, que costó la vida a miles y miles de ejemplares. En los años 60 se prohibió su caza y la venta de sus cuernos, pero aún hoy existen cazadores furtivos a pesar de los esfuerzos de los programas de protección de la fauna africana.

Dentro de aquella bióloga y veterinaria metódica, se escondía una joven de gran corazón y sensibilidad. Sus ojos azules reflejaban el amor que sentía por aquella tierra, por los seres que la habitaban y ponía sus conocimientos y todo su tesón a su servicio.

¡Esa no es mi jirafa! ¿no estará en peligro con esos dos ciervos a su lado? grité al ver una jirafa cerca de dos grandes ciervos musculosos y con unos cuernos afilados. Ella se echó a reir ¡Jajaja, no son ciervos, son alces!! y la jirafa es un bebé que recogí ayer, las tuyas están más atrás. ¿Un alce, y eso qué es?. Ya te lo contaré durante la cena, me dijo, aún tenemos que ver a un avestruz que tiene muy mal genio.

¡Y ya estaba mandando!

Continuará...





29/5/11

Las jirafas de Conrad III



Me alegré de haber aceptado hacer aquel viaje porque fue el más fantástico e increíble de mi vida.


Todo salió a pedir de boca exceptuando mi vestuario, con el que hice el mayor de los ridículos. Unos vaqueros y una camiseta habrían evitado las risas, más de los blancos que de los indígenas, que resultaron ser unos auténticos pasotas que se limitaban a sonreírme mostrando sus blanquísimos dientes. Tanto cine, tanto cine, al final tiene eso, que uno acaba por creer que en África los blancos van de blanco y con sombrero a lo Indiana Jones. ¡Menuda idiotez! Me deshice de él a la primera oportunidad, pero seguí llevando camisa blanca y los pantalones multibolsillos.


El traslado al aeropuerto, el viaje en avión y los posteriores traslados hasta el ferrocarril, en un entramado de combinaciones logísticas y visados, debido al paquete viviente que llevaba y que debía cuidar, desde Madrid hasta Huambo, pasando por el Congo, resultó tal y como Conrad me lo había descrito y con tal precisión que casi me parecía imposible. Llegué a Huambo sin contratiempos y en la fecha prevista.


Las jirafas se habían mostrado inquietas en algún momento, especialmente en los traslados durante los cuales debía tranquilizarlas con unas palmaditas cariñosas, pero en general estaban bien y se habían portado como unas campeonas.


Sin embargo, en cada una de las etapas del viaje fui sufriendo extrañas transformaciones y no solamente por el hecho de haberme deshecho del sombrero, sino más bien por el influjo que África me produjo. Me lo habían contado ¡África es fascinante! pero no es lo mismo que te lo cuenten como experimentarlo en primera persona. Así como en las largas horas de vuelo leí, dormí y comí, aunque no en ese orden ni al mismo tiempo, el contacto con tierra africana despertó mi curiosidad sobre su gente, sus pueblos y especialmente su paisaje cuya belleza no dejaba de asombrarme y al mismo tiempo me producía una paz inmensa difícil de describir.


El viaje en tren, ya adentrándose en tierras angoleñas, fue el que más se quedó grabado en mis retinas por la calidez del color, el calor, el lento transcurrir del tiempo, todo impregnaba y uno se dejaba atrapar. Ahora desolado desierto, ahora una cadena montañosa y luego la salvaje y siempre misteriosa sabana con sus acacias solitarias, todo dejaba intuir el transcurso de la vida en su estado más primitivo.


Escuchar Feirnandes en portugués y por un africano alto y fuerte, que llevaba una camiseta roja con un slogan comercial, me hizo sonreir, absorto como estaba intentando asimilar que Huambo no era el poblado indígena con chozas de caña, guerreros con lanzas y mujeres con los pechos al descubierto que yo había imaginado. Era una población moderna con calles, edificios, parque, hoteles y bares como podría ser cualquier población y como correspondería a la segunda capital del país, que es lo que era, una ciudad tranquila que se llamó Nova Lisboa en tiempos de dominio portugués y que disponía incluso de aeropuerto.


Suba al jeep, senior Feirnandes fue lo que dijo mientras me cogía la bolsa y la colocaba en la parte de atrás del todoterreno que había delante del camión, en el que acabábamos de embarcar a las dos jirafas. ¿A dónde vamos? A la Reserva, fue la respuesta. ¿Y eso queda muy lejos?, pero él, en lugar de decirme los kilómetros o las horas, me contestó: tiempo a cerveja, debió de ver el extraño gesto que le hice, porque añadió : tiempo a Ngola.


Descubrí lo que había querido decir cuando, después de los saludos y la entrega de las jirafas, ya casi de noche, Conrad me ofreció una jarra de cerveza. ¡Ahhh, riquísima! exclamé al primer sorbo. Sentados en el porche de la Reserva, bajo las estrellas y satisfecho como estaba por haberle llevado las jirafas hasta allí, Conrad me explicó que esa cerveza se llamaba Ngola y era de fabricación angoleña mediante avanzada tecnología alemana y elaborada con agua de unos manantiales cercanos a Lubango.


Me sentía feliz, no sé si por la Ngola fría, por el brillo de las estrellas o porque las jirafas de Conrad ya estaban en su hogar, el caso es que me dio por reir. Conrad me miró y dijo : Ferdnandes creo que el calor le ha afectado ¿cómo es que no se ha comprado un sombrero?


Continuará...


* Leer los capítulos anteriores (I) y (II)


17/5/11

Las jirafas de Conrad II



Habían pasado seis días desde la noche que me hice la fotografía con las jirafas, cuando Conrad me llamó.


No hizo falta que dijera quien era, a través de la pronunciación enseguida supe que era él, nada más escuchar aquel ¿Ferdnandes?. El mismo, le contesté y eschuché un ¿Ein? al que respondí de inmediato: Sí, amigo Conrad, soy Fernández, el de las jirafas ¿Se acuerda de ellas?.


Me contó, muy a su manera, una historia increíble sobre que había ido a Nueva Zelanda a buscar una especie rara de animal, y aquí ya me perdí porque el nombrecito que soltó a mi me sonó a chino, que le había costado muchísimo encontrarla y por eso había tenido que quedarse más tiempo de lo previsto.


¿Y las jirafas? Le insistí. No estaba nada preocupado por las jirafas, me dijo, confiaba en que yo habría resuelto el problema ¡pero qué morro tenía! Añadió que lamentaba lo ocurrido, pero no mencionó nada sobre abonarme el dinero que me estaba costando a mí ese “implaneado” suyo.


Y entonces vino el bombazo…


Amigou Ferdnandes, dijo, tiene que hacertme un favor. ¡Era el colmo! Ese tipo no tenía límites, no habíamos resuelto el problema y ya me estaba pidiendo un favor ¡a que no me paga! pensé.


¿Ein? solté. Ahora era yo el que no entendía, pero Conrad, al otro lado del teléfono, me lo propuso como si fuera la cosa más natural del mundo ¿podía llevarle las jirafas a Huambo? ¿Y dónde está eso? me pregunté a mí mismo mientras casi me caigo de la silla en donde estaba sentado. ¡La madre que lo … ! si Conrad hubiera estado a mi lado me lo como con patatas.


Pero él seguía hablando y me lo iba poniendo cada vez más fácil. Huambo es una ciudad de Angola, cerca del Congo, con una red ferroviaria que lleva hasta allí. El viaje era sencillo, me explicó, se tomaba un avión hasta el Congo, luego el tren hasta Huambo y allí él me estaría esperando para hacerse cargo de las jirafas. Su secretaria Rachel se ocuparía de todos los trámites y del pago completo, yo tan sólo debía acompañar a las jirafas en el viaje, con ello le ahorraba el tener que venir a Europa a recogerlas.


Bueno, bien pensado, un viajecito gratis a Africa no estaba tan mal, así que me convenció y acepté ¡realmente ese tipo era muy especial!


Conrad volvió a asombrarme con su eficiencia y eso me hacía pensar que yo debía actuar también con la misma celeridad, porque esa misma tarde recibí un sobre certificado con el billete de avión, en donde se incluía la facturación de mis dos amiguitas de cuello largo, otro tanto para el tren angoleño, un recibo del pago de un camión para recoger a los animalitos y 2000 euros en efectivo con una notita que decía : para alimentación de jirafas. Así, sin más. Ya empezaba a caerme bien ese hombre.


Mis dos amigas las jirafas al parecer se habían acostumbrado a vivir en el zoo, pues tenían muy buen aspecto. Las visitaba regularmente y siempre se mostraban muy cariñosas. Se había entablado una curiosa amistad entre ellas, yo y mi amigo Manolo, que por cierto aún no me había contado como se las arreglaba para que estuvieran allí. Manolo quedó estupefacto cuando le dije que me las llevaba a Africa yo mismo ¿tú estás loco o qué? fue lo primero que me soltó mientras se llevaba las manos a la cabeza. Cuando supo toda la historia se quedó muy serio, demasiado diría yo y no sé si era porque no la había entendido o porque no quería desprenderse de aquellos tiernos animalitos, el caso es que dijo ¡yo no lo haría!


Pero yo sí, le contesté. Y así fue.



Continuará...



11/4/11

Las jirafas de Conrad


Fernández, usted se ocupará de las jirafas!!


Cuando el jefe soltó esa frase, todo lo que yo sabía sobre jirafas era poco más que lo que puede saber un niño de primaria, que eran unos mamíferos africanos con el cuello muy largo.

Pero como mi trabajo es ese precisamente, hacer aquello que nadie sabe hacer, me dispuse a llamar a mi amigo Luis cuyo primo conoce a un amigo que conocía a un tal Conrad, un especialista en localizar animales salvajes.

Tuve muchísima suerte porque al parecer Conrad es un tipo de esos que ahora está y mañana no y pude hablar con él enseguida. Me asombró su eficiencia y su aspecto, más de agente de seguros que de expedicionario de safaris, lo que me hizo recelar. A la mañana siguiente, puntual como un clavo, se presentó en el almacén con dos ejemplares preciosos de jirafa, eso sí, debía de pagarle por adelantado y al contado. ¡Menudo tipejo raro ese Conrad!

Me dejó a las dos jirafas diciéndome que debía alimentarlas con hojas de acacia o de las que fueran, pero preferentemente de acacia que eran sus favoritas y que si se las colocaba, las hojas, a una cierta altura mucho mejor, así no tenían que esforzarse en agachar el cuello nada más que para beber agua, que eso las ponía muy nerviosas. Necesitaban unos 20 o 30 kilos diarios de hojas tiernas ¡de dónde sacaba yo tanta hoja! Ese era mi problema, me dijo Conrad, él sólo suministraba animales, la alimentación corría a cargo del cliente.


Volví a recurrir a mis contactos y en poco más de dos horas ya tenía en el almacén 300 kilos de ramas de la poda de árboles de la ciudad, unas colgaderas para ponerlas y unos bidones con 100 litros de agua, suponiendo que con eso tendría suficiente para los cuatro días que había pagado por tenerlas. Pero me equivoqué.


Hoy no, Fernández, mañana haremos la toma de las jirafas ¡y llévelas de aquí, por Dios, huelen que apestan!. Eso me dijo el primer día y algo parecido al siguiente y lo malo es que los animalitos ya se habían acabado casi todas las reservas, habían puesto el almacén lleno de heces y empezaban a ponerse nerviosas.


¿Parques y Jardines?, oiga ¿no tendrán por ahí algunos kilitos de restos de poda?, es que tengo unos animalillos que alimentar y necesitaría hojas ... ¡casi nada, una vagatela! unos 300 kilos poco más o menos ... Oiga, que no, que no estoy de cachondeo (aquí les suelto toda la historia) ... que no tienen tantos kilos, bueno, con los que tengan me las arreglaré.


Visitaba el almacén dos veces al día, para asegurarme de que todo marchaba bien y de que Manolo, el empleado del zoo, se había ocupado de adecentarlas y cuidarlas debidamente. Desconocía por completo el modo de vida de esos animales, pero me las imaginaba en la selva al aire libre en la típica imagen que todos tenemos de las jirafas y pensaba en lo terrible que debía ser para ellas estar en aquella situación.


Por fin, el último día, el jefe se dignó rodar la toma de las jirafas y ahí que fuimos Manolo y yo todo el día con ellas por el plató, arriba y abajo, siguiendo sus órdenes. Ahora colocalas aquí, ahora allá, que se muevan, que no caminen hacia la cámara, que no agachen el cuello, que no molesten a la actriz que está muerta de pánico, pónlas en ese rincón que paramos para almorzar. Parece que no tienen muy buen aspecto, dijo el gracioso del cámara a lo que contesté ¡y qué aspecto tendrías tú, amigo, si te encerraran cuatro días en un almacén lleno de mierda!. Después de una jornada agotadora, de horas y horas, el jefe dice aquello de toma válida y ya nos ponemos marchar. Y todo para los escasos 12 minutos que aparecen en la película.



El señor Conrad no está, salió hace dos días a Nueva Zelanda y no vuelve hasta el jueves. La habría matado, pero la chica no tenía ninguna culpa ¡maldito Conrad! ¿y ahora que hago yo tres días más con las jirafas?, el del almacén quiere cobrar más dinero y que se lo deje todo como una patena y los animalitos están muertos de hambre otra vez. El jefe dice que no paga más días de alquiler del almacén y que me deshaga de las jirafas y a mi me da que el mister Conrad no vuelve hasta que no haya capturado canguros o vete a saber qué.


Manolo ¿no tendrás un hueco en el zoo para un par de jirafas?, venga hombre, que sólo serán dos días como mucho... te recuerdo que aún me debes el favor del chimpancé ... vale, nos vemos allí.


Aquella noche, me las encontré con los cuellos enlazados haciéndose mimos la una a la otra. Me conmovió su ternura, así que fui a buscar la cámara de fotos al coche y monté el trípode. Cuando Manolo llegó, me encontró haciéndoles una foto de recuerdo. ¡Qué hermosos animales! dije y ellas me sonrieron.