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31/10/19

FOTO-CUENTO de terror : LA FABRICA III


Cuando pudimos recuperarnos, Javi nos dijo que su plan acababa ahí, que era habernos llevado a esa fábrica en ruinas y contarnos la leyenda, pero lo que habíamos visto y escuchado aquella noche superaba todas sus espectativas. ¡Y las nuestras! le dijimos.

La terrorífica noche de Halloween podía haber llegado a su fin, sin embargo fue entonces cuando les dije que teníamos que ir a la casa de Don Emilio a averiguar lo sucedido, porque había tenido una idea, una señal que quería comprobar y que podía ser la respuesta a todo aquel misterio.

- ¿Una señal? - me preguntó Paula

- Sí - dije - En la nave de hilados había dos carretes que aún consevaban algo de hilo de color azul que llamaron mi atención, no sé por qué. Después, cuando vimos a la niña, observé que su vestido era azul y el gesto que nos hizo no era un saludo, era para señalarnos que nos fijáramos en el color.

- ¡Cómo se te va la olla, Miki! - exclamó Javi

- ¿Qué? - dijo Sergi, siempre pragmático - ¿Ahora jugamos al "veo-veo" buscando algo azul? ¡Venga ya, tío!

- Si vamos, os lo cuento - dije.

Primero no estaban muy predispuestos, pero acabé por convencerlos. Cogimos la furgoneta y Javi nos condujo hasta la casa, que estaba en el pueblo de al lado y que encontramos a duras penas porque estaba medio escondida entre la maleza, abandonada totalmente.

Era un caserón enorme, de piedra, con una escalera en la entrada, que ya imponía nada más verla. La puerta tenía forzada la cerradura, eso nos permitió entrar, llenos de curiosidad e inmersos en el miedo que todavía llevábamos en el cuerpo.



- ¿Habéis visto estos caretos de piedra? ¡son flipantes! - exclamó Sergi.

- Esto se parece más a lo uno espera encontrar un Halloween - dijo Javi con risa temblorosa, mientras accedíamos al vestíbulo, una estancia enorme con una impresionante escalera en el centro y dos espacios, uno a cada lado, cerrados con doble puerta corredera. 

- Veamos si aquí está el despacho - dije, al tiempo que abría la de la derecha.

Imagen de Internet
La estancia, que parecía haber sido el despacho, estaba totalmente vacía. Fue una decepción, como también lo fue encontrar el resto de la casa en el mismo estado, lo cual no era extraño teniendo en cuenta que había sido abierta y desvalijada hacía tiempo.

- Tendremos que volver a la fábrica - dije

- ¡Ni de coña! - exclamó Paula.

- ¡Tu estás fumao, o algo! - dijo Javi

- Veréis, hay que encontrar la póliza del seguro y eso tiene que estar en el despacho, si no está aquí es que está en la fábrica, allí nadie ha entrado a desvalijar nada ¡está allí seguro! - dije.

- ¿La póliza del seguro? ¿Y eso qué tiene que ver con el azul?

- Mucho, Sergi, mucho - contesté - Cuando Javi nos contó que hasta los del seguro habían dictaminado que el incendio fue un accidente, estaba viendo los carretes y me vino a la mente que, teniendo en cuenta que la mayoría de las compañías aseguradoras tienen un logo azul, al ver el hilo y luego a la niña, de pronto todo encajaba ¡el móvil del crimen era el seguro! - y añadí - por eso es importante encontrar esa póliza, en ella sabremos quién se beneficiaba en caso de accidente.

Me costó bastante convencerlos, yo mismo me repetía que debíamos olvidarnos del asunto, pero la idea de vivir una experiencia totalmente friki pudo más que nuestro miedo, así que volvimos a la fábrica.

Foto de Internet

Todo estaba en silencio, no había indicios de nada, parecía como si todo lo que habíamos experimentado apenas unas horas antes no hubiera sucedido, lo que nos dió cierta confianza.

Llegamos al edificio de las oficinas y entre los escombros de objetos y papeles calcinados, encontramos unas hojas de papel aún legibles que, por una extraña casualidad, eran los que íbamos buscando, los de la póliza del seguro. Y nuestra sopresa fue saber que eran los trabajadores de la fábrica los beneficiarios.

- No tiene sentido - dije - ¿Por qué Don Emilio les hizo beneficiarios si tanto los detestaba? y por cierto - añadí - ¿murió Don Emilio en el incendio?

- ¡Ostras, sí! - exclamó Javi - Seguro que fue él quien lo provocó, estando tan desquiciado como estaba, no creo que le importara lo más mínimo morir también, con tal de castigar a los trabajadores que tenían secuestrada a su hija.

- ¡Vete a saber si la habían asesinado! - dijo Paula - Imagínate que Don Emilio hubiera encontrado el cadáver de Rosita.

- A ver, a ver - la interrumpió Sergi -  Rosita desaparece, Don Emilio culpa a los trabajadores y les hace la vida imposible hasta que la encuentra muerta y por venganza decide provocar un incendio, en el que moriría él también. Y por otro lado, el dinero del seguro iría a manos de los familiares que les permitió empezar la nueva vida dedicada al turismo rural que llevan ahora. ¡Y todo arreglado!

- Buen análisis, tío - dije - pero hay cosas que todavía no me cuadran, por ejemplo ¿A qué viene tanto miedo y recelo por parte de los del pueblo si son inocentes? ¿Y qué me decís de lo que hemos visto y oído esta noche?



Estabamos haciendo diversas conjeturas cuando una repentina ráfaga de viento nos puso en estado de alerta. Vimos que los cuatro relojes que había colgados en la pared empezaban a hacer girar sus manecillas a gran velocidad, al derecho y al revés, como si se hubieran vuelto locas.
Pero lo que realmente nos dejó atónitos fue cuando nuestros teléfonos sonaron al mismo tiempo, como si estuvieran interferidos. Nos miramos unos a otros, aterrorizados, y escuchamos, al unísono, una voz infantil diciendo: "Estoy aquí, no tengo ojos, pero os veo, os siento".

De nuevo salimos corriendo de allí, mientras sobre nosotros se desataba una oleada de sombras, gritos, alaridos, ruidos de las máquinas y todo aquello que ya habíamos experimentado antes añadiéndole la extraña presencia que notábamos que nos perseguía y que nos decía, entre susurros: "Soy yo, yo lo hice todo, se lo merecían, todos eran malos, muy malos".

Aquella huída por entre las naves de la fábrica parecía interminable, corríamos desenfrenados y sin embargo no llegábamos nunca a la salida, parecíamos las manecillas de aquellos relojes dando vueltas sin fin. Paula dió un traspié y se cayó, yo, que estaba a su lado la ayudé a levantarse y en esa mirada hacia atrás es cuando la vi. Era la misma que había visto en la ventana, apenas una silueta difuminada, pero que ya no tenía el aspecto de una pobre niña, todo lo contrario, daba miedo. Tenía las manos extendidas hacia mi como si quisiera agarrarme y pude sentir su escalofriante mirada de cuencas sin ojos, clavada en mí, desafiante.

- ¡No mires atrás! - le grité a Paula.

No lo hizo, ni los demás tampoco, sólo corríamos mientras seguíamos escuchando esa voz de la niña que, ahora con risa diabólica, decía : "Maté a papi, era malo y tonto, había dejado el dinero al pueblo porque a mi no me quería, él sólo quería a mamá. ¡Por eso lo maté!. Y maté a los empleados ¡me odiaban! esos pobres y asustadizos ya estaban medio muertos en vida, fue divertido, jaja! y así seguirán. ¡Todo el que entre aquí morirá! ¡Y vosotros también!. No os veo, pero os siento.

Su amenaza causó efecto en nosotros que, sin saber cómo, conseguimos salir de allí. Nada más cruzar las vallas de la fábrica, todo se desvaneció y se hizo un inmenso silencio. No pudimos hablar del tema hasta la mañana siguiente. Llegamos a la conclusión, aún impactados, de haber resuelto el misterio o gran parte de él y prometimos no hablar de ello fuera de nosotros cuatro, tal y como hacían todos en aquel pueblo. Era mejor así.

- ¡Miki, ha sido OMG!- me dijo Sergi, de vuelta a casa - Sin tí nunca habríamos tenido la noche de Halloween más terrorífica de nuestra vida.

- Sí, estuviste tope, tio - dijo Paula - Hemos pasado mucho miedo, a cero coma de que nos diera un paro o algo. ¡Ha molado mazo!

Para ellos, fue eso, una alucinante noche de Halloween que nunca olvidarán. Para mi fue mucho más, porque ellos no la vieron como yo, no habían notado su presencia como yo desde el principio, ni adviertieron su llamada y después no la vieron de cerca, no sintieron su mirada, no vieron que, en el fondo negro de aquellas cuencas vacías que eran sus ojos, estaba el mal, el auténtico mal que habitaba dentro de ella.
Aún la veo, en mis noches de pesadillas, y aún resuenan sus palabras en la oscuridad:  "Estoy aquí, no tengo ojos pero te veo, te siento".


29/10/19

FOTO-CUENTO de terror : LA FABRICA II


- ¿Qué has visto? ¿Dónde? - preguntó Paula, asustada.

- No, nada - y añadí - ¡era una broma! -  Lo dije para tranquilizarla o incluso para tranquilizarme a mi mismo, porque lo cierto es que sí, que me había parecido ver algo moverse tras los cristales.

- ¡Jo.., vaya susto nos has dado, tío! - dijo Sergi

- Venga, vamos a entrar, tengo ganas de verla por dentro - exclamó Javi, mientras le atizaba con un hierro a un cristal, de los pocos que quedaban enteros, para hacer más grande el acceso.

Foto: LAURA M. de Palma de Mallorca - Fábrica textil de Soller 

Descubrir aquella fábrica fue algo alucinante. Habíamos entrado justo en la sala en donde se hallaban varios grandes telares, dispuestos en dos filas y tanto por las dimensiones de los mismos como por las de la estancia, debió de ser una fábrica muy productiva y próspera. No entendíamos mucho sobre la industria textil del algodón, pero por pura lógica se deducía que cada dependencia realizaba una parte del proceso, allí, en los telares, se hacían las piezas de tela que previamente habían pasado por el lavado, tintado, secado e hilado del producto.
Yo iba imaginando ese interesante proceso mientras salíamos de allí para ir a otra nave, al tiempo que escuchaba el relato que Javi nos seguía contando.

Con el exceso de jornadas laborales, la poca comida que recibían y las constantes presiones, algunos trabajadores empezaron a tener serios accidentes, otros, contagiados de la locura de Don Emilio manifestaron tener visiones de la niña Rosita deambulando por la fábrica y cada día estaban más famélicos, cansados y andaban como ausentes. Los familiares y amigos del pueblo empezaron a preocuparse, más por el estado de salud física y mental de los suyos, que por la precariedad que todos sufrían y empezaron a pensar cómo acabar con aquella fábrica maldita.

- ¿Quieres decir que fueron los propios familiares y amigos los que provocaron el incendio? - preguntó Sergi - Eso explicaría porque no quieren hablar del tema.

- También explicaría la leyenda de que las almas de los quemados clamen venganza ¡a sus propios parientes, qué fuerte! - dijo Paula.

- Es posible - respondió Javi - pero no se puede probar. Ten en cuenta que hubo una investigación, vinieron de la científica, tomaron pruebas, lo analizaron todo y dictaminaron que el incendio fue totalmente fortuito. Una colilla mal apagada fue la que prendió la nave del almacén del algodón y de allí se propagó a las demás a causa del fuerte viento que soplaba aquella noche. ¡Hasta los del seguro dieron la misma conclusión!

- Sí, se propagaría rápido - dijo Sergi - la zona de tinte tiene materiales inflamables, es fácil que ardiera. En la del lavado y secado he visto muchos utensilios de madera y aquí, en la del hilado en la que estamos ahora, también es fácil que se expandan las llamas. Sólo se salva el telar que, como hemos visto, está mejor conservado.

Foto: LAURA M. de Palma de Mallorca - Fábrica textil de Soller 

La dependencia del hilado del algodón se hallaba completamente carbonizada a excepción de unos carretes sueltos, dos concretamente con hilo azul, que agudizaron mis dotes de Sherlock Holmes dándome la clave del misterio.

- ¡Ya lo tengo! - exclamé. 

Y en ese preciso instante escuchamos el sonido de los telares en marcha, un sonido lento y vago, pero que nos dejó petrificados. Al rato, todos escuchamos como voces y, sin mediar palabra, nos acercamos a la ventana que daba a la nave del telar ¡Y entonces la vimos!. 

Era apenas una silueta en la ventana, pero se apreciaban sus formas de niña, con un vestido azul muy sucio y los cabellos desarreglados y nos miraba, nos miraba sin ojos, sólo con sus oscuras y vacías cuencas. Hizo un movimiento, como si quisiera levantar la mano para llamarnos, mientras las voces que escuchábamos se iban conviertiendo en gritos horribles y más cercanos. No vimos nada más porque salimos corriendo presos del pánico. 

No paramos de correr hasta llegar al pueblo, hasta la casa de Javi, hasta entrar y cerrar la puerta, y tras ella nos quedamos apoyados, inmóbiles y jadeantes, hasta recuperar el aliento.


Continuará...

27/10/19

FOTO-CUENTO de terror : LA FABRICA


Esta historia os va a poner los pelos de punta, yo aún siento escalofríos al recordarla, es más, desde entonces hay noches en las que me cuesta dormir y en otras tengo pesadillas, pero os la voy a contar ¡tengo que contárosla!

Sergi, Paula y yo llegamos al pueblo de Javi, un pueblo pequeñito de montaña, de esos encantadores y poco conocidos, cuando la tarde casi llegaba a su fin. Nos extrañó no ver a nadie por las callejuelas ni en la plaza, pero no le dimos la menor importancia. Queríamos instalarnos, cenar y dejar que nos invadiera la oscuridad de la noche de Halloween para vivir la aventura que Javi nos tenía preparada y que, según él ¡iba a ser la caña!

Javi, tan friqui de los misterios y las historias de miedo como nostros tres, no nos había anticipado nada y por otro lado, tampoco habíamos encontrado ningún tipo de infomación de que hubiera algo intrigante y mucho menos terrorífico en aquel lugar. Nos sentíamos intrigados y excitados ante la idea de lo que íbamos a experimentar ¿qué sería, una casa abandonada, un castillo con fantasma? ¡La noche prometía!.


Sin embargo aún no era de noche cuando salimos hacia nuestra aventura. Javi nos llevó a la entrada del pueblo, justo delante de una vieja fábrica, que habíamos visto al llegar, aparentemente sin nada especial que llamara nuestra atención, hasta que Javi nos explicó su aterradora leyenda.

Se decía que desde que la fábrica se incendió cada noche se oía el sonido inconfundible de los telares en funcionamiento como cuando había actividad en la fábrica, se podían escuchar decenas de pasos de gente que caminaba o se arrastraba en su interior entre gritos y extraños alaridos. Decían que eran las almas en pena de los trabajadores que allí perecieron quemados vivos, sin haber recibido ayuda de sus vecinos y familiares, clamando venganza.
Desde entonces nadie osaba acercarse a la fábrica de noche, los pocos que lo intentaron al principio jamás volvieron. Han pasado los años y en el pueblo nadie quiere hablar de eso, siguen asustados y por eso se encierran en sus casas antes del anochecer.


- ¡Qué fuerte! - exclamó Paula - ¿Así que los habitantes del pueblo vieron el incendio y no vinieron a socorrer a sus amigos y familiares?

- No me extraña que esas almas estén dando la lata - dije yo - ¡vaya pueblo de asesinos tienes, Javi!

- ¡Ei, es una leyenda! - dijo Sergi - El incendio fue la causa sin más, no deberían tener miedo, lo tienen porque algún imbécil hizo correr un rumor, una leyenda, y ya sabes, la gente se lo cree todo.

- Como nosotros - dije

- Es que la historia viene de más atrás - dijo Javi - os lo cuento mientras entramos.

Saltamos la valla y nos adentramos en el recinto formado por apenas tres o cuatro barracones, separados entre sí por caminos de hormigón a poca distancia, uno de ellos más grande, que posiblemente debían de ser las oficinas. No teníamos miedo, no se oía nada ni había nada extraordinario fuera del deterioro de las estancias, los tubos desprendidos y algunas ventanas con los cristales rotos.

- Esta fábrica tiene una maldición - empezó a contarnos Javi y todos lo miramos sorprendidos.


Hubo un tiempo en que el pueblo vivía una etapa floreciente y feliz, cuando dejó de lado la agricultura y la mayoría de sus habitantes pasó a ser trabajador de la recién construída fábrica téxtil, propiedad de Don Emilio, un rico empresario de la comarca.

Hasta que un trágico accidente dejó viudo al empresario y poco después la misteriosa desaparición de su pequeña hija Rosita, lo convirtieron en un hombre triste y malhumorado. A medida que pasaba el tiempo fue siendo más injusto y tirano con sus empleados, sometiéndolos a horarios de turnos excesivos, eliminación de las pausas y bajadas de salarios, lo que desencadenó una huelga y posteriormente una represión y otra huelga y otra, un bucle que parecía no tener fin.

Don Emilio estaba como loco, no tenía límite, gritaba y blasfemaba hasta quedar exhausto, diciendo que esa fábrica y ellos, los trabajadores, eran los causantes de su desgracia, que habían asesinado a su hija y la tenían escondida allí, entre los telares. Su demencia, unida a una sucesión de extraños acontecimientos que empezaron a suceder, transformó la vida en aquella fábrica y la del pueblo, en un infierno.

- ¡He visto una sombra! - dije - ¡Algo se mueve ahí dentro!


Continuará ....

9/6/16

FOTO-CUENTO : Maniquíes

Escaparate carrer Caspe

Estoy triste. No debería, pero lo estoy, porque no es fácil vivir tras un cristal viendo pasar a la gente que habla, ríe, come, se divierte o incluso se lamenta delante de mí y yo, aquí, con la boca sellada, inmóvil ¡es tan frustrante!
Ellos piensan que no existo, que soy una muñeca, un maniquí con una cara bonita y una espléndida figura, nada más. Sin embargo tengo alma, lo sé, pero ellos no lo saben.

Escaparate carrer Tallers

¡Ay, Madeleine! No te lo tomes así, no lo saben ¿y qué? 
La gente sólo viene a ver la ropa, los artículos expuestos en el escaparate y les importa un bledo si somos reales o simples muñecas ¡ni siquiera saben de qué material estamos hechas!

Venga, guapa, no estés triste, piensa que muchas mujeres nos envidian ¿has visto el cuerpazo que tenemos y lo guapas que somos? y ellos están encantados con nuestras curvas. El otro día paso un tío y me tocó el culo ¡si se entera Riky, jaja!
Estoy contenta, soy rubia, alta, atractiva y mi novio está al otro lado de la calle ¡es genial!

Escaparte carrer Tallers

¡Jo, Vane, ya te vale! Yo molo un montón ¡hasta llevo tatuajes y todo! ¿sabes, nena? estoy en una tienda heavy metal que mola mazo, que lo sepas y mi Vane vale mucho, lo bien que expresa sus cosas y lo buenorra que está. Que hoy, que lo sepas, porque lleva un modelo abuela y eso, pero hay días que está que me pone, pero me pone, pone, que lo sepas.

Escaparate carrer Fontanella

Yo estoy totalmente con Madeleine, o sea, que está megaguay toda entera, jopeta y para nada con ellos. Mírame a mí, me han pintado de negro superhorroso, o sea, me han dejado sólo la cabeza y ni siquiera tengo ojos, o sea ¿te lo puedes creer? Jooo, yo nunca, nunca, me habría imaginado estar así, te lo juro por la cobertura de mi móvil.

Escaparate carrer Fontanella
Piluca, no te quejes ¿has visto este sombrero sssuperfeo flower power que llevo?, sssabes, que el tuyo es megacool.

Escaparate barrio La Ribera

Anda, anda, que soy dos pijas insoportables. Yo también llevo sombrero, me faltan los brazos y no me quejo. Y qué me decís de mis compañeras, no tienen ni piernas ni cabeza y tampoco se quejan ¿verdad, chicas?
¡No, porque llevamos unos vestidos preciosos!

Escaparate carre Bruc

Ni cuerpo, ni sombrero, ni tatus, ni pelo, ni cara bonita, reconoced que mi caso es expremo hasta el límite, y aquí me veis, hermafrodita y formando parte de un decorado.
A mi todo me da igual, total, soy friki, aunque hay días que me gustaría decir lo que siento ¡bah!

Escaparate Rupit

A mi también me da lo mismo, todo lo que siento me lo guardo para mí, como tengo los ojos cerrados no veo a la gente, siento sus voces y a veces escucho lo que dicen, aunque la mayoría de las veces no les entiendo. Su mundo y mi mundo son distintos.


Esta bien, compañeros, me habéis dado una lección!
De nada sirve querer traspasar el cristal para ir a un mundo que no es el mío.


Escaparate barrio  La Ribera

Madeleine, tus compañeros te han mostrado el camino de la felicidad, que no es otro que la aceptación de uno mismo, porque luchar en contra de una realidad es algo inútil y que hace gastar mucha energía.


21/1/16

Historia familiar en la ventana

Autor; Robert Barns

Mi bisabuela Josefina vivía en una ciudad junto al mar, una de esas ciudades mediterráneas llenas de luz y brisa que huelen a salitre en cada esquina, con ese aroma marinero que se filtra por las rendijas de cada hogar y que, instalándose, produce en sus gentes una inexplicable dependencia a su influjo.

La abuela nos contó que su madre pasaba horas enteras delante de los ventanales que daban al puerto, contemplando los barcos que se mecían en las olas,  ensimismada en sus propios pensamientos, hasta bien caída de la tarde. Y así es como la imagino, melancólica y marinera. Así, un poquito como yo.

Autor: Steve Hanks

Por aquellas cosas de la Gran Guerra la familia se trasladó al campo, a casa de tía Camila, que amablemente les había ofrecido cobijo hasta que las cosas volvieran a orden, expresión exacta que nos contó mi abuela años después.
Allí mi abuela Anastasia y su hermana Paulina, en aquella pacífica y bucólica estancia tocaban el piano junto a las ventanas. Eran siempre las mismas melodías, repitiendo las memorizadas notas una y otra vez, en un intento de contentar a su madre que se había empeñado en que las niñas aprendieran ese arte, mientras afuera brillaba el sol y la guerra quedaba tan distante como los campos floridos en invierno.

Autora : Antonina Rzsevskaya

Nos contó mi abuela que la prima Mariona parecía haber heredado ese extraña afición de mirar por la ventana en silencio. Solía observarla y ver como le brillaban los ojos y como se le iluminaba la cara de felicidad, como si fuera lo que fuera que estuviera viendo sin duda era algo extremadamente maravilloso que sólo ella alcanzaba a entender.

Autor : Daniel Gerhartz
Años después, en una visita de verano a casa de tía Camila, comprobó que su prima Mariona seguía viendo cosas maravillosas a través de las ventanas, pero entonces a la abuela eso ya no le pareció algo tan extraordinario.

Autor : Igor Kazarin

Eran los felices años veinte, el mundo había cambiado, más que mirar un mundo por la ventana había que salir a verlo, decía mi abuela Anastasia y eso es lo que hizo. Ella fue la rebelde de la familia, la que recorrió medio mundo a pesar de su fragilidad, la artista, la escritora, la musa de todas nosotras.


Autor : Delfin Enjolras
En su madurez, cuando su delicada salud no le permitió seguir siendo aventurera y se convirtió en una apasionada lectora, fue cuando mi abuela Anastasia finalmente se sentó delante de la ventana. Allí la encontrábamos siempre mis hermanos y yo cuando íbamos a visitarla con mamá, allí nos contó todo esto y mucho más.


Autor: Edvard Munch
El miedo, el horror y la miseria no son dignos de ser contemplados, por eso a mamá la Guerra Civil le quitó las ganas de mirar por la ventana.

Autor : Henry Lebasque
Sin embargo, guardo en mi retina las tardes que pasábamos juntas, ella cosiendo y yo bordando, con el balcón abierto de par en par y el fresco y la luz entrando hasta la sala de nuestra casa, que era un piso en un barrio sencillo de la ciudad, una que tiene mar, aunque no lo divisáramos.

Autor : Henry Pavolosky
Yo si tenía de niña esa necesidad de mirar, de observar, de contemplar el mar como hacía mi bisabuela Josefina, con la diferencia de que ella lo veía y yo me lo imaginaba. Tal vez mirar afuera no es más que una manera de mirarnos hacia dentro de nosotros mismos.


Y un día encontré a mi hija mirando por la ventana, vestida de negro, en silencio y con la mirada perdida como si buscara respuestas a todas esas preguntas que no las tienen, intentando averiguar lo que el horizonte esconde más allá del hogar, con esas ansias de ser, de crecer, de vivir.

Ella me miró y viéndome sonreír, me dijo :  
- ¡qué pasa, mamá! ¿nunca has visto a nadie mirar por la ventana? 
- ¡pues claro que sí, cariño! - contesté - es una historia que me resulta muy familiar.


1/10/15

FOTO-CUENTO : Conejillo de indias


Había una vez, en un pueblo muy lejano, un pequeño ratoncito que se llamaba Hamsterito y que vivía una vida tranquila y feliz en su jaula.


Juanito, un chico de diez años, era su amo y señor y que lo tenía como una mascota, viviendo a cuerpo de rey. Nada le faltaba, estaba bien cuidado, tenía una mullida cama de paja, agua y algunas hojas de lechuga. Y cuando Juanito lo sacaba de la jaula, juagaba con él, lo acariciaba y le daba maíz y fresas para comer premiando las piruetas y saltos que daba. ¡Era muy feliz!



Hasta que un día recibió noticias de sus primos de la ciudad, que eran cinco y todos blancos. 
Se enteró que vivían en un constante desasosiego a causa de las cosas que les hacían hacer, de los experimentos que sufrían de sus amos y que al parecer hacían en beneficio de su estirpe humana, mientras que ellos eran llamados "conejillos de indias" sin saber por qué, ni que de malo habían hecho para merecer una vida tan desgraciada.


Hamsterito no entendía muy bien lo que les pasaba a sus primos, ni cómo ayudarles, pero estaba preocupado por ellos y empezó a pensar que él también tenía un amo humano, Juanito, que aunque le trataba bien, lo tenía encerrado en una jaula de la que no podía salir sin su permiso.


En cierto modo, también él era tratado como un "conejillo de indias", especialmente cuando Juanito lo disfrazaba de lo que le apetecía y se ría de él, haciéndole sentir ridículo. Antes le había parecido un juego, pero ahora empezaba a pensar que no era libre y que vivía igual de encarcelado que sus primos de la ciudad.


Ahora veía la triste realidad de su existencia por primera vez y las ansias de libertad y de salvar a sus primos se apoderaron de él. Se planteó huir e ir en su busca, en cuanto tuviera la más mínima oportunidad.


Cada noche se iba a dormir soñando con ser libre, viéndose a sí mismo dueño y señor de su vida y, por qué no, de encontrar una pareja con la que formar una familia.


Y con esa ilusión un día consiguió escapar. Salió a toda prisa de la habitación, luego de la casa, del jardín y llegó hasta donde le dieron sus fuerzas, lejos, muy lejos de lo que hasta entonces había sido su hogar. Cansado, se quedó dormido en medio del campo, contemplando la luna.
A la mañana siguiente se sintió mejor que nunca, buscó algo para comer y siguió el camino hacia la ciudad. 


Se encontró a un grupo de ratones y entre ellos a una bellísima joven de la que se enamoró al instante. Los ratones, al conocer su historia, quisieron ayudarle a rescatar a sus primos y todos juntos se dirigieron a la ciudad.


En la ciudad contactaron con una comunidad que conocía el laboratorio en donde estaban sus primos, llegar a él no fue difícil y montar un revuelo impresionante son tantos ratones en la sala fue una aventura de lo más excitante para Hamsterito que, finalmente, consiguió rescatar a tres de sus primos, porque dos de ellos no habían sobrevivido a los experimentos. ¡Era un héroe!
Aclamado por todos, él y sus amigos decidieron volver al campo.


Allí, libre y feliz, Hamsterito se atrevió a pedirle la mano a la joven ratita, que aceptó. Se casaron y viven felices y libres desde entonces.
Y colorín, colorado... este cuento se ha acabado!!

19/3/15

FOTO-CUENTO : Una mañana soleada en piedra II


Paulino vio como volvían de su paseo el Señor Rey y sus hijas, Marisol y Mariluz, más alegres que cuando salieron y con las mejillas coloreadas por el sol.


- Hemos visto los patos - decía Mariluz - hay muchos, en el estanque nuevo ¡son monísimos! y el estanque es enorme.
- Si, pero papá no nos ha dejado acercarnos - dijo Marisol
- Es que os podíais caer al agua
- Pero les hemos dado de comer - exclamó Mariluz
- Migas de pan - dijo la otra - Tenía que haberlos visto, señor Paulino ¡las devoraban enseguida!
- Y también había peces...
- ¡De colores! 
- Observo que se lo han pasado muy bien - dijo Paulino
- Ellas siempre se lo pasan bien y me lo hacen pasar a mi también ¡están llenas de energía! - contestó el Señor Rey, sonriendo.



- Buenos días, Paulino
- Buenos días, Doctor Leoncio - contestó - acaban de volver de un paseo.
- ¡Eso está muy bien! - y añadió - Le he dicho muchas veces a Doña Eulalia que tiene que salir de casa, tomar el aire y caminar, que es bueno para las dos.

Como todos los domingos, el Doctor iba a visitar a Doña Eulalia y a su hija Laia, unas visitas que a Paulino se le antojaban más allá de profesionales. Era un hombre robusto, fuerte y dominante, demasiado joven para la madre y demasiado viejo para la hija.


 Después de comer, Paulino estaba de nuevo en el vestíbulo ansioso por ver aparecer a su amada Sara que aún no había regresado del paseo matutino. En unas pocas horas ya empezaría a oscurecer y le preocupaba que andara sola por el parque ¡era tan intrépida esa joven!

No tardó mucho en verla y además acompañada de otra joven y un niño.

- Buenas tardes, Paulino - le dijo con una bonita sonrisa nada más traspasar el portal - Le presento a mi hermana Sofía y a su hijo. 
- Encantado de conocerla, Señorita Sofía y a tí también - saludó mientras emitía un suspiro de alivio.
- Eduardo, encantado - dijo el chico estrechándole la mano - Tía Sara ha comido con nosotros y ahora venimos a que me haga un retrato.
- ¡Oh, Eduardo, nos has fastidiado la sorpresa! - rió Sara - ¿Se acuerda, Paulino, que le hablé de nuevos proyectos?
- Por supuesto que lo recuerdo.
- Pues bien, voy a hacer una escultura
- ¿De chico?
- Del chico y de Sofía
- Está entusiasmada - añadió Sofía
- Sí - dijo Sara - así que no nos demoremos más, subamos. Quiero aprovechar este poco rato de luz para hacer las primeras pruebas, porque se me ha ocurrido que... - siguió hablando de esa forma en que ella lo hacía, sin tregua y con mucha pasión, mientras se introducía en el ascensor y apenas acabó diciendo - ¡buenas tardes, Paulino!


Cuando Paulino se quedó solo se imaginó a la hermosa Sara moldeándole con las manos, acariciándole con los dedos llenos de arcilla, o esculpiéndole en piedra y haciendo de él una figura que quedaría perpetuada en aquel edificio, en uno de los frisos o en una esquina de la entrada principal.

Y así se siente, como una figura de piedra en una soleada mañana.

5/3/15

FOTO-CUENTO : Una mañana soleada en piedra


- Buenos días, Doña Eulalia
- Buenos días, Paulino
- Hoy hace un día estupendo para salir a dar un paseo.
- Si, muy bonito - contestó Doña Eulalia - yo no habría salido, pero la niña...
Y dejó la frase sin terminar, mientras empujaba a la joven Laia hacia la puerta.
- Hace bien en salir, Doña Eulalia, que no es bueno estar tanto tiempo en casa y a la niña le conviene tomar el aire y el sol ¡mire qué día tan espléndido!
Paulino no obtuvo respuesta, sólo la fría y amargada mirada de Doña Eulalia. Sostuvo la puerta mientras ambas salían del portal y se perdían en la calle con los transeúntes que pasaban.
¡Qué mujer más arisca! se dijo para sí mismo. 


Doña Eulalia desde que enviudó apenas salía de casa y si lo hacía siempre iba acompañada de su hija Laia, una joven muy bella y prudente, de la que Paulino pensaba que tanta reclusión no le hacía ningún bien. Retener a su hija bajo una custodia permanente, evitando la posibilidad de que conociera a un joven del que enamorarse, era un acto sumamente egoísta por parte de aquella huraña mujer, aquella bruja, que así se aseguraba ser cuidada en la vejez.


Laia había sido una niña alegre y risueña hasta que murió su padre. Ahora en cambio se la veía pálida y triste, apenas hablaba con él, el conserje y con las dos criadas que tenían. Una vida demasiado gris para una joven tan bonita.


Estaba Paulino barriendo el vestíbulo cuando salieron del ascensor los Fernández, un matrimonio joven que hacía poco se había ido a vivir allí. No los conocía muy bien, ella era agradable y él algo serio, pero podría ser por su condición de joven doctorado dedicado a largas horas de estudio o incluso por cierta timidez.
- Buenos días, Paulino - dijo ella - ¡el día es ideal para dar un paseo!
- Pero volveremos pronto, que tengo mucho trabajo - apuntó él.
- Hacen muy bien en disfrutar de esta mañana soleada - contestó Paulino y los vió alejarse calle abajo, ella retocándose el sombrerito, mientras él le ofrecía el brazo para que se cogiera. 



- Buenos días, Paulino ¿cómo lleva esos dolores de espalda?
- Buenos días, Señor Rey, vamos tirando según el tiempo.
- Ahora que empieza el buen tiempo mejorará mucho, ya lo verá ¡qué alegría que ya tengamos solecito! - le da una palmadita en la espalda y le guiña un ojo - Salgo con las chicas, hoy nos vamos al parque, aprovechando que hace un día tan lindo.
- Sí, señor Paulino - dice Marisol, una de las jóvenes - queremos ver el estanque nuevo
- ¡Y los patos! - dice la otra - Porque hay patos y un surtidor de agua en el centro ¡vamos, vamos!
Y salen corriendo, entre risas y saltitos.
- Son unos soles estas niñas - dijo Paulino
- ¡Unos ángeles!
- Y usted que lo diga.


Y vaya si tenía razón, porque había una gran diferencia entre las gemelas del Señor Rey, Marisol y Mariluz, con la pobre Laia.
Paulino, sigue con sus quehaceres y se pone a limpiar los dorados de la caja de timbres, al tiempo que reflexiona sobre los contrastes que la vida nos brinda a cada paso. Se le ocurre pensar que en esta época de modernidades e inventos constantes, sería maravilloso que todo se pudiera arreglar simplemente apretando un botón.


Andaba con esas reflexiones cuando apareció la artista del ático, la Señorita Sara ¡qué mujer tan extraordinaria! había visto algunas de sus pinturas y le parecieron muy raras, no es que no le gustaran, era que le parecían diferentes, claro que él no entendía de esas cosas.

- Buenos días, Señorita Sara
- Buenos días, Paulino - contestó con una sonrisa - Veo que todo el mundo ha salido hoy a pasear, cosa nada extraña con este día de sol que hace después de varios días nublados y con lluvia ¡es un deleite para los sentidos!. Me voy al parque, que tenemos la suerte de tener tan cerca, a tomar apuntes para mis lienzos, después, si me queda tiempo, iré a comprar un pincel nuevo y un tubo de azul cobalto y dos de blanco, porque tengo un par de ideas buenísimas en las que estoy trabajando. 
- ¿Alguno de esos cuadros modernistas?
- Mi querido Paulino, quiere usted saber demasiado - rió ella - si ni yo misma sé como lo voy a terminar!. Por cierto, me ha parecido ver a Doña Eulalia y su niña ¡vaya acontecimiento que salgan a la calle!, no es que quiera entrometerme pero esa no es vida para una jovencita ¿verdad? a veces me dan ganas de decirle algo, pero me contengo y más con las miradas que me lanza Doña Eulalia que, entre usted y yo, es una bruja.
- ¡Huy, si la oyera! pero tiene razón, Señorita Sara, es una bruja.
- Me voy, Paulino, que si no al final no haré nada.

Paulino se queda pensativo, reteniendo el olor del perfume que deja la Señorita Sara al pasar. Se queda mirando como avanza por la calle, decidida e irradiando energía. La admira porque es capaz de decir lo que piensa sin temor. Entre la bruja y su infeliz hija, los enamorados y el señor Rey con sus dos soles, prefiere a la artista, bohemia, encantadora, audaz, brillante y extremadamente atractiva Sara. Tal vez esta mañana soleada le ha trastocado la cabeza, porque se siente como un enamorado o como si no fuera de piedra.


* Fotos de distintos edificios de Barcelona que enmarcan el foto-cuento hipotéticamente a principios del siglo XX, una época austera, en los albores de la ciencia y la medicina, la industrialización y el arte modernista o art-nouveau.